Monseñor Gerardo Valencia Cano: espejo del defensor radical de la dignidad humana

Resumen

Monseñor Gerardo Valencia Cano, conocido como el “Hermano Gerardo”, fue obispo de Buenaventura desde 1953 hasta su muerte en enero de 1972, en circunstancias que sugieren un posible atentado debido a su postura profética e incómoda para las élites políticas y eclesiásticas. Su ministerio se desarrolló en un contexto de profundas convulsiones sociales en Colombia y el mundo, marcado por su adhesión a las ideas del Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín (1968). Defendió radicalmente la dignidad humana desde una perspectiva teologal y existencial, más que jurídica, con un enfoque profundamente antidiscriminatorio.

Valoró especialmente a los indígenas y afrodescendientes, grupos marginados que consideraba depositarios de un valor sagrado. Escribió poemas e himnos, como el Himno del Vaupés, que expresan su identificación con estas comunidades. En su Carta al Porteño (1968), reflexionó con humildad y profundidad sobre la cultura afro, reconociendo su propia limitación como hombre de “otra raza” y ensalzando la sabiduría y resiliencia del pueblo negro.

Optó por una vida de pobreza radical, renunciando a símbolos de poder eclesiástico como la sotana, vistiendo como obrero y compartiendo las condiciones de los más humildes. Esta opción le valió críticas y persecución dentro de la Iglesia, especialmente por acoger al Grupo de Sacerdotes de Golconda y promover un manifiesto crítico con las estructuras sociales y la pastoral tradicional. Fue estigmatizado como “el Obispo Rojo”.

Su pensamiento social era audaz y visionario. Abogó abiertamente por el socialismo entendido como un sistema de relaciones humanas basado en el servicio desinteresado y el Evangelio, no como una importación de modelos extranjeros. Criticó la concentración de la riqueza y abogó por una reforma agraria comunitaria, no individual. Firmó el Pacto de las Catacumbas (1965), comprometiéndose con la austeridad y la lucha por estructuras sociales justas.

Sus últimos años fueron de gran sufrimiento interior, plasmado en su diario íntimo, donde vacilaba entre la duda y la certeza de su misión, pero siempre reafirmando su compromiso con el Evangelio y los pobres. Murió en un accidente aéreo cuyas circunstancias nunca fueron aclaradas completamente, alimentando la sospecha de un atentado. Su amigo y único obispo aliado, Monseñor Raúl Zambrano, murió en otro accidente aéreo ese mismo año, eliminando así las dos voces críticas más prominentes del episcopado colombiano.

Monseñor Zambrano lo describió como un profeta que vivió antes de hablar, un sacerdote sustancial que se identificó con los desheredados y cuya doctrina, aunque expresada en un lenguaje cercano a los movimientos contestatarios, estaba siempre fundada en una profunda intimidad con Dios y una perspectiva escatológica.

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