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  Retos a las políticas de Memoria

Palabras en la inauguración del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, en Bogotá, el 6 de diciembre de 2012

Jueves 6 de diciembre de 2012, por Javier Giraldo M. , S.J.

Yo creo que se trata de la misma concepción de la muerte. No hay duda de que los victimarios conciben la muerte como una clausura definitiva de una existencia humana. Están convencidos de que sus muertos, aquellos que quisieron construir un mundo más humano, ya no volverán; que ya no pueden interactuar con el presente ni con el futuro; que ya no inciden en la historia; que pertenecen definitivamente a un pasado que no volverá y que no incidirá ya más en nuestras vidas. Por eso es posible identificarlos como huesos descarnados y sin vida; como piedras o mármoles estáticos que no hablan, que no piensan, que no actúan ni son portadores de energías vitales transformadoras. Esto está simbolizado en los sepulcros y en los monumentos que tranquilizan las conciencias mientras se asume implícitamente, desapercibidamente, inconscientemente, pacíficamente, inercialmente, la concepción de la muerte que tienen los victimarios.

Hace algunos meses, al conmemorar el aniversario del asesinato de un defensor de los derechos humanos y gran luchador social, cuando preparaba la ceremonia religiosa, encontré que para ese día estaba prevista en el orden litúrgico la lectura de un párrafo del Tercer Evangelio (Lc. 11, 47) que parecía cuestionar profundamente, y en cierto modo deslegitimar, una de nuestras prácticas de memoria, en nuestros esfuerzos por dignificar a nuestras víctimas. En ese episodio del Tercer Evangelio, Jesús está implicado en una fuerte discusión con un grupo de fariseos y a través de críticas muy duras está tipificando la conducta farisaica como una conducta carente de autenticidad; de sometimiento a normas y tradiciones que ya han perdido su sentido o que no tienen importancia para una vida auténticamente humana, libre y centrada en los problemas humanos esenciales. Y entre esas críticas Jesús les hace este reproche: “ustedes construyen los sepulcros de los profetas que los antepasados de ustedes asesinaron; con eso dan a entender que están de acuerdo con lo que sus antepasados hicieron, pues ellos los mataron y ustedes les construyen los sepulcros”.

Es un mensaje un poco extraño, quizás difícil de entender para muchos. Construir sepulcros; construir monumentos; venerar la memoria y los restos mortales de quienes entregaron su vida por una causa justa ¿acaso no es algo bueno y laudable? ¿Acaso no hacemos eso quienes admiramos la vida de esos profetas y mártires y quienes estamos tan de acuerdo con ellos y ellas que quisiéramos conservar espacios para salvaguardar su memoria y para dignificar lo que fue parte de su existencia biológica como sus restos óseos?
Todo eso nos parece bueno y no hay duda de que lo es. Pero Jesús sigue afirmando que existe una cierta ligazón entre los victimarios y quienes construyen sepulcros y monumentos a las víctimas; ligazón que él llama “complicidad”. ¿En qué consistirá esa articulación, quizás tan profunda y escondida que es difícil de descubrir?

Yo creo que se trata de la misma concepción de la muerte. No hay duda de que los victimarios conciben la muerte como una clausura definitiva de una existencia humana. Están convencidos de que sus muertos, aquellos que quisieron construir un mundo más humano, ya no volverán; que ya no pueden interactuar con el presente ni con el futuro; que ya no inciden en la historia; que pertenecen definitivamente a un pasado que no volverá y que no incidirá ya más en nuestras vidas. Por eso es posible identificarlos como huesos descarnados y sin vida; como piedras o mármoles estáticos que no hablan, que no piensan, que no actúan ni son portadores de energías vitales transformadoras. Esto está simbolizado en los sepulcros y en los monumentos que tranquilizan las conciencias mientras se asume implícitamente, desapercibidamente, inconscientemente, pacíficamente, inercialmente, la concepción de la muerte que tienen los victimarios.

El episodio del Tercer Evangelio nos interpela y nos invita a pensar si acaso no los estamos considerando tan muertos como los consideran sus victimarios. Es quizás por ello que Jesús les echa en cara a los fariseos el estarse identificando, en estrecha y sutil complicidad, con aquellos que los mataron.
Los discípulos de Jesús aprendieron tan profundamente esa lección, que a Jesús, el profeta y mártir escarnecido, nunca lo consideraron muerto, y en esa convicción se puso el eje de la fe cristiana. Y tan no lo consideraron muerto, que su muerte en la cruz se convirtió en la descalificación radical de sus victimarios, pues colocaron a Jesús, el asesinado, el destrozado y eliminado con sevicia, el estigmatizado y expulsado violentamente de la historia, como el referente supremo de todo lo que significa vida, fuerza, energía creadora, presencia y trascendencia.

Si echamos una mirada a las estrategias de memoria asumidas por muchos gobiernos que quieren clausurar períodos horrendos de barbarie, encontramos allí estrategias de justicia transicional que contemplan medidas para reconocer la dignidad de las víctimas: la recuperación de sus restos y la construcción de sepulturas dignas; publicaciones y videos que proyecten sus rostros y sus pensamientos; ceremonias de perdón y de resarcimiento a sus familiares y dolientes; renominación de espacios públicos en su honor. En muchas de estas medidas se puede descubrir la necesidad que tienen ciertos Estados de relegitimarse, luego de etapas de barbarie que han deteriorado radicalmente las bases de su legitimidad. También se adivina allí, muchas veces, una estrategia de catarsis social, a veces necesaria cuando la indignación por las atrocidades sufridas amenaza con expresarse en un rechazo tumultuoso y violento de las instituciones vigentes. Pero a pesar de la aprobación general que merecen las estrategias de memoria, así respondan a intereses coyunturales del poder, no podemos eximirnos de escudriñar los mensajes subliminales que ellas pueden estar transmitiendo y que es lo que las acerca secretamente a la lógica farisaica que Jesús llamó “complicidad” con los victimarios. Se puede estar afianzando la convicción de que esas vidas, antes vilipendiadas y ahora dignificadas, pertenecen, de todas maneras, al pasado; a un pasado que ya no vuelve más y que ya no interactúa con nuestro presente ni con nuestro futuro; que están incrustadas en contextos estáticos y carecen de todo dinamismo personal, social e histórico. En otras palabras, un mensaje sutil y cifrado, arrastrado en su vuelo por prácticas y lenguajes amigables, justos y estéticos, está penetrando insensiblemente en las conciencias para convencernos de que las luchas, los proyectos y los sueños de nuestras víctimas pertenecen definitivamente a un pasado ya domesticado, reconciliado e inofensivo, que ya no incide en nuestra realidad presente. Y para ello basta proyectar los rasgos ineludibles de la muerte biológica sobre todas las demás dimensiones de la muerte.

Hoy se está abriendo este Centro de la Memoria en el corazón de esta ciudad capital. Me acompaña la convicción de que sus impulsadores y gestores han querido superar y alejarse de la lógica farisaica de la memoria, y que han concebido este espacio como un recinto en el que vuelva a palpitar el corazón de nuestras víctimas y a entrar en un diálogo fecundo e incidente con nuestros sueños actuales.

En esta ciudad, corazón de la nación, han sido perpetrados a la vez los más atrevidos magnicidios y el exterminio a cuenta-gotas de sectores sociales estigmatizados por su pobreza y su miseria deshumanizante, pasando por la eliminación progresiva de movimientos y organizaciones sociales en las cuales tomaron cuerpo ideales de justicia y convivencia que militaron a contracorriente de las dinámicas excluyentes del mercado.
Este recinto y este proyecto enfrentan, pues, enormes desafíos. Deberá estar saturado de micrófonos y altoparlantes para que vuelva a escucharse la voz de nuestras víctimas, con sus análisis iluminadores y con el entusiasmo de sus sueños. Deberá estar también saturado de pantallas para que aquellos que sólo pudieron hablarnos desde su dolor y su silencio, a través de imágenes perturbadoras, en contextos de estigmatización extrema y de desprecio, hasta llegar a ser concebidos como “desechables”, puedan hablarnos desde ese silencio doloroso e interpelante, que por sí mismo reclama y anuncia una sociedad sensible al dolor y capaz de incluir y humanizar a aquellos a quienes no se les reconoció su elemental dignidad humana mientras vivieron.
Este proyecto está llamado a descubrir la continuidad de los sueños de ayer con los de hoy y los de mañana, en un diálogo creativo alimentado por la comunión de ideales, donde interactúen los rostros y los lenguajes de quienes no pensaron solamente en sí mismos sino en todos sus compañeros de ruta y asumieron esos sueños con un compromiso tal, que los consideraron más valiosos que su propia vida biológica, convirtiéndose en blanco de sus victimarios.

Si es cierto que la vida tiene otras dimensiones que no se identifican con la dimensión biológica, como son las construcciones del pensamiento y del sentir que trascienden al individuo y lo convierten en patrimonio de comunión; como son las opciones libres que configuran toda existencia individual y que inciden necesariamente en las opciones sociales e ideales humanos e históricos; como son los resortes espirituales que construyen el sentido de cada existencia y le permiten trascender los determinismos biológicos, sociales e históricos, convirtiéndose cada existencia en un mensaje viviente e irrepetible, que sobrevive a la ineludible desintegración material del ser; como son los sueños compartidos de la especie, condimentados por los aportes de las personas históricas que los forjaron y afianzaron; como es el sobrecogimiento que inspira el misterio que se esconde en la profundidad de cada existencia y que sólo aflora en las fronteras entre la vida y la muerte, como llamado ineludible al reencuentro, donde se visualicen y se disfruten los puntos de llegada de las rutas y las búsquedas que siempre quedaron truncadas; si es cierto, pues, que la vida tiene todas estas y muchas otras dimensiones, este Centro de la Memoria tiene como desafío insuflar vida en abundancia donde asoló la muerte.

Y si es cierto, también, que la muerte tiene otras dimensiones que no se identifican con la muerte biológica, como son los silencios y las censuras que tratan de sepultar e inmovilizar las construcciones de sentido de las existencias desafiantes; como es la estigmatización ideológica que incomunica mediante la amenaza y el terror las proyecciones de los sueños; como es el consumo masivo de mensajes subliminales que paralizan los proyectos humanizadores; como son los bloqueos económicos, políticos y mediáticos que sepultan de facto los ideales y mensajes de las vidas físicamente destruidas; como es, en definitiva, el modelo farisaico de honrar la memoria, encerrando todas las dimensiones de la vida en rituales funerarios que sellan los sepulcros con cerraduras multidimensionales que confinan la vida en un pasado que no vuelve más.

Son muy grandes, pues, los desafíos de este Centro de Memoria. Nuestro deseo profundo es que pueda realmente sembrar vida en abundancia donde asoló la muerte y que vuelva a poner a palpitar el corazón de nuestras víctimas.

Javier Giraldo M., S. J.


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