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Homilía

Homilía en Chámeza, Casanare octubre 31 de 2009

Por: Javier Giraldo Moreno M., S.J.

Miércoles 4 de noviembre de 2009, por Javier Giraldo M. , S.J.


Peregrinación Nacional al Casanare
Casanare: exhumando el genocidio

Homilía en Chámeza, Casanare
octubre 31 de 2009
primera jornada de la Peregrinación al Casanare

Querida familia Acosta Cely; queridas familias de Chámeza, Recetor y otros pueblos del Casanare, que arrastran consigo una memoria dolorosa de seres queridos que les fueron arrebatados en plena vitalidad, en medio de la barbarie que imperó en estas comarcas; queridos peregrinos, venidos de diversos rincones de nuestra geografía colombiana, impulsados por la solidaridad y el deseo de gritar unidos un Nunca Más sobre los campos que fueron asolados por la muerte y la barbarie y regados con sangre de hermanos indefensos.

Nos ha convocado hoy aquí, a Chámeza, la memoria dolorosa de lo sucedido hace 20 años, el 31 de octubre de 1989, cuando los hermanos JAIRO ANTONIO y LUIS ÁLVARO Acosta fueron sacados violentamente de sus viviendas, sometidos a bárbaras torturas y ejecutados por funcionarios de un Estado establecido para proteger la vida y no para destruirla.

Nunca he podido olvidar la visita de una religiosa de la Presentación a mi oficina, en la Comisión Intercongregacional de Justicia y Paz, a comienzos de 1990, quien se mostró horrorizada por el relato recogido aquí en Chámeza y que quería transmitirme para que no permaneciera en el silencio. El ambiente de terror que ella percibió, le impidió registrar los nombres de las víctimas, pero algunas personas le describieron con detalles el funeral de los dos jóvenes, cuyos féretros fueron rodeados por una nutrida concurrencia, la cual tuvo que salir de este templo rodeaba por cañones de ametralladoras apuntados contra los dolientes.

Al recoger el relato escalofriante de aquella religiosa, redacté estos párrafos para nuestro boletín de Justicia y Paz, que hoy pertenecen a los arsenales de la memoria del horror:

  • El colegio, la parroquia y la población rindieron homenaje a aquellos cuerpos sin vida, en un gesto que las circunstancias hicieron heroico. Ese gesto exacerbó a los militares, que con su peculiar lenguaje habían ordenado arrasar su dignidad humana y sus derechos más sagrados, así no hubiera de por medio ni delitos, ni acusaciones, ni pruebas, ni razones, sino la urgencia de saciar un absurdo sentimiento de venganza. Nervios crispados; puños cerrados; palabras y gritos que se agolpaban en las gargantas buscando imposibles salidas; lágrimas que provenían simultáneamente de del dolor, de la indignación y de la impotencia, como densas concentraciones de amargura; todo ello hacía de aquel espectáculo un homenaje heroico a la vida y a la dignidad humana, expresado en aquel cortejo fúnebre que salía del templo silencioso, escoltado por numerosos cañones de ametralladoras”.

 

 Pero aquello era sólo el comienzo de los horrores. Mientras los grandes medios de información se regocijaban describiendo los grandes hallazgos de hidrocarburos en Cusiana y Cupiagua, y los avances en los convenios con empresas multinacionales que explotarían esas riquezas para beneficio del país, estas comarcas se vieron progresivamente sometidas al control militar y paramilitar que implantó la muerte y la desolación en poblaciones que deberían haber sido las primeras beneficiarias de esas riquezas.

Allanamientos arbitrarios; torturas; amenazas; desplazamientos masivos; empadronamientos malintencionados; controles asfixiantes; desapariciones forzadas; ejecuciones brutales; desprotección total; complicidad de todas las autoridades; inacción de la justicia; desmonte de todos los controles y mecanismos de protección; abandono y soledad; silenciamiento de los medios; obturación de toda denuncia. Así se fue configurando la cotidianidad de estas comarcas en el terror y el silencio, viendo derribar a todos sus líderes sociales y crecer el imperio de la prepotencia exterminadora.

Cómo no recordar la plegaria angustiante del Salmo 78: “Oh Dios, los malvados invadieron tu heredad y profanaron todo lo que era sagrado. Hicieron de nuestros poblados montones de escombros y de ruinas. Entregaron los cadáveres de tus hijos como comida de las aves de rapiña; arrojaron la carne de tus siervos como pasto de las fieras. Derramaron la sangre de tu pueblo como el agua servida que inunda las alcantarillas. No hay siquiera quien entierre los muertos. Nos han puesto como objeto de escarnio y burla de los que tienen poder (…) Señor: que llegue hasta Ti el gemido de las víctimas; que tu fuerza acuda en favor de los condenados a muerte. Ejerce tu justicia, pues Tú eres más grande que los que nos dominan”.

Y cómo no recordar también la oración trágica con que Profeta Jeremías terminaba la composición de sus Lamentaciones: “Ten presente, Señor, lo que nos ha ocurrido! Mira y examina nuestra humillación y nuestra afrenta. Los extranjeros se apoderaron de nuestra heredad; nuestras tierras y nuestras viviendas pasaron a ser dominio de extraños. Hemos quedado huérfanos, sin padres. Nuestras madres enviudaron. Ahora tenemos que pagar altos precios por beber un poco de agua o cortar un poco de leña. Llevamos cadenas y yugos en el cuello. Estamos oprimidos. Tenemos que extender nuestras manos a los imperios más fuertes para que se apiaden de nosotros. Somos gobernados por esclavos que dependen de otros. Arriesgamos nuestra vida para conseguir el pan, pues hasta los desiertos están colmados de gentes armadas. Nuestras mujeres han sido violadas. Nuestros dirigentes fueron colgados de sus brazos. Ni siquiera nuestros ancianos fueron respetados. Los muchachos fueron a trabajos forzados. Los niños pequeños tuvieron que vender su pequeña fuerza para sobrevivir. Los jóvenes abandonaron la música. Todo lo que configuraba nuestra dignidad se nos arrebató, como si nos quitaran de nuestras cabezas las coronas que más nos enorgullecían. Se acabó la alegría y se convirtió en un duelo permanente. Nuestros ojos ya no ven luz sino oscuridad. En nuestras montañas se ocultan multitud de fieras; los chacales asechan nuestros asentamientos. ¿Por qué, Señor, nos has abandonado por tanto tiempo? Reconstruye nuestra vida de antaño, Señor, te lo suplicamos.” (Lamentaciones, 5, 1-22)

Palabras sagradas que hacen parte de la búsqueda histórica de Dios en el caminar del pueblo de la Biblia y son ungidas reiterativamente por las experiencias más profundas de la humanidad.

En estos 20 años se vivieron demasiadas experiencias de dolor. Los campos de Chámeza, Recetor, Aguazul, Tauramena, Monterrey, Yopal, Paz de Ariporo, Sácama, Hato Corozal, Nunchía, La Salina, Támara, Maní, los resguardos indígenas de los U’was y los Sálivas, así como las zonas aledañas de Boyacá, fueron territorios hollados por ejércitos regulares e irregulares que escoltaban o atacaban el saqueo de los riquezas naturales en beneficio de intereses foráneos, para lo cual no dudaron en destruir vidas a granel, comunidades, organizaciones, patrimonios humildes construidos con grandes esfuerzos, y desconocer y arrasar todos los derechos del ser humano.

Nunca será posible olvidar escenas de extrema crueldad, como incineraciones y descuartizamientos, ni la prepotencia con que los victimarios escarnecieron a sus víctimas para hacer del dolor un laboratorio depravado que transformara derechos, sueños y dignidades en sumisiones y claudicaciones humillantes.

Los ríos y las montañas se convirtieron en sepulcros que aún guardan con secretos extorsivos los restos mortales de numerosas víctimas.

Grande es la tentación de olvidar el pasado para que sus horrores no nos sigan atormentando, como fantasmas impertinentes que desestabilizan los días de vida que nos quedan. Pero, ¿cómo construir un futuro de dignidad y de solidaridad, si se acepta que el pasado no sea sometido a juicios de responsabilidades? Jamás será posible construir responsabilidades frente al futuro, sobre la base de irresponsabilidades frente al pasado. Ningún argumento convincente podrá sustentar nuestros clamores por el respeto a la dignidad humana en el presente y en el futuro, si se transige con el silencio frente a la dignidad humana de quienes ya fueron destruidos. Todo se convertiría en palabras y discursos vacíos e incoherentes.

Quienes hemos peregrinado hoy hasta estas tierras ensangrentadas y marcadas con memorias terriblemente dolorosas, lo hemos hecho con la convicción de que el silencio y la indolencia es complicidad con el crimen y de que, tanto la fe cristiana como las convicciones humanistas más elementales, nos impulsan a exhumar la memoria de las víctimas con sentimientos fraternos y solidarios.

Nos asiste la convicción de que ningún futuro podrá ser humano ni cristiano si en él las víctimas de tantos horrores no recuperan su dignidad y se convierten en mensajes vivientes que nos repetirán hasta la saciedad que lo que se hizo con ellos no puede tolerarse NUNCA MÁS, y que todas las estructuras, instituciones, ideologías y concepciones del poder que permitieron, auspiciaron e incentivaron esos horrores, tienen que ser radicalmente transformadas.

Hemos peregrinado para vivir momentos de fraternidad con quienes han sufrido, y experimentar en ello nuestro ser de cristianos y nuestro ser de humanos.

Hemos peregrinado para exorcizar el silencio como manto protector de la ignominia y como cómplice enmascarado de los más horrendos crímenes.

Hemos peregrinado para hacer un acto de fe en la vida donde la muerte reinó en forma prepotente por mucho tiempo y aún sigue exhibiendo poderes incuestionables.

Hemos peregrinado para darle momentos de respiración a nuestra fe, que vive asfixiada en mares de injusticias, de violencias, de falsedad y corrupción, de apologías mediáticas del sometimiento del sentido de la vida a las leyes del mercado, de impunidad revestida impúdicamente con mantos de reconciliación, de compra desvergonzada de todos los valores espirituales degradados en mercancías tasadas en monedas de soborno.

Vivamos esta Eucaristía, memoria de la cena fraterna del Seños Jesús, marcada por los momentos decisivos en que la Vida y la Muerte se jugaban en su propia vida la más profunda identidad de su existencia sobre el Misterio de Dios, como una nueva energía que nos reconfirma en la opción por la Vida, sobre el telón de fondo de estos paisajes marcados por la muerte.

Hagamos sentar en esa mesa fraterna a todas nuestras víctimas, acogidas en el misterio de su resurrección, rodeando a Cristo, el Señor Resucitado, transfigurado en un pan que se destruye y consume para dar vida, y vida en abundancia, que al ser consumida se multiplica más y más, como las espigas nuevas que surgen del grano de trigo sepultado bajo la tierra y desintegrado para que de nuevo germine la vida entre los despojos de la muerte.

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